citlalmina.


Te escondes en mis ojeras, en mis tobillos que se cansan de doblarse, en la palma de mi mano y sus cicatrices.
Tanta paranoia que me da sueño, tanta verdad que me da hambre. Y tú que nunca me miras y yo que te miro siempre.
Dame un pedazo de lágrima para que pueda romperlo en otros mil pedazos, para que pueda convertirlos en mil silencios.
Yo divago y me hunde tu ombligo, aquel ombligo con el que tropiezo, y me hunde de nuevo,
y despierto en el borde de mi cama, nunca lo había sentido tan filoso, tan sangrante.
Mi espalda se encorva hasta llegar al piso, mis rodillas empiezan a cantar algo que no conozco, todo eso pasa cuando te miro, cuando mis venas tiemblan y no saben si aparecer o desaparecerse, se vuelven borrosas entonces, y crecen lento como crece la savia en tu cabello negro, en tus cejas donde pierdo mi cura.
Pero Natalia… si vuelves como una sombra y huyes como la luz de una luna que he inventado por ratos.
No te alejas más. No porque las uñas empiezan a devorarme. Y mi locura se extiende como el mayo en mi vaso de agua, que bebo para quitarme el sabor amargo, este sabor a no se que, de tus piernas. Y yo tiemblo de nuevo y hundo en tu ombligo como se precipita una palabra cansada, un tic nervioso o el sonido de tus parpados cuando abren y se cierran, cuando se deslavan y me entierran vivo.
[ Esta maldita costumbre de extrañarte… Hasta nunca ]